¿Se acuerdan de cuando no existía la televisión? Eran otros tiempos, más antiguos, incluso, que los que vivieron sus padres. Entonces se respiraba un aire más tranquilo en toda la nación, no teníamos necesidad de saber qué estaba pasando en todo el mundo todo el tiempo. Simplemente esperábamos a que un acontecimiento fuera investigado a profundidad para que apareciera en la primera plana de un periódico y el pueblo, o al menos quienes supieran leer, se tomara la mañana para discutirlo a fondo en el Jockey Club o en la pulquería (según fuera el caso).
Parece que hoy, en cuanto sucede una tragedia internacional no hay más que prender el monitor de una computadora, o la misma televisión, para ver en tiempo real qué es lo que sucede, sin que realmente obtengamos mucha información. Pues los datos, investigados y redactados para que puedan ser entendibles para el público, tardan días en aparecer en una nota impresa.
¿Por qué nos gustan esas imágenes tan violentas en tiempo real? A mí parecer se debe a dos cuestiones. La primera es por el morbo de ver cómo las torres gemelas o un islámico radical mata a miles de personas, y la segundo es por una ilusión de que tenemos de conocer esa información y saber mucho de un evento en cuestión. Aunque eso es falso, no sabemos más que las imágenes que nos presenta la televisión, y nos obliga a digerir como hombres sin criterio.
El qué y el cómo vienen después, ya la noticia dejó de ser novedad, y el interés que tenemos por ella fue opacado por otra noticia similar.
¿Se acuerdan de cuando no existía la televisión? Ciertamente eran tiempos en los que ustedes no podrían vivir, por el exceso de tranquilidad. Cuando queríamos saber de otra persona, simplemente mojábamos nuestra pluma en un poco de tinta y escribíamos varios borradores de una carta, hasta quedar satisfechos con ella. Luego la mandábamos a otra colonia, otra ciudad o incluso a otro país, pero todo eso nos podía llevar días… incluso meses; ni hablar del tiempo que teníamos que esperar para recibir una respuesta. Claro que si una noticia era urgente, podíamos mandar un telegrama, pero eran caros y requerían una economía del lenguaje que pocos poseían.
Hoy en día se escriben tres o cuatro palabras en un correo electrónico, sin preocuparse por la ortografía o la redacción. Luego se manda el correo esperando una respuesta en minutos, incluso en segundos.
El arte de escribir cartas ha muerto a causa del correo electrónico.
¿Han visto como escriben los jóvenes en las redes sociales? Tal parece que hay personas que no pueden escribir dos palabras sin matarlas con una falta de ortografía, o que no saben cuando usar mayúsculas o minúsculas. Incluso hay personas que escriben párrafos enteros sin usar una coma o un punto, y a veces uno tiene que pasar más tiempo descifrando ese párrafo que el tiempo que tomó escribirlo en primer lugar.
Se ha perdido el arte de escribir, de redactar, de tener un pensamiento en la cabeza y poder escribirlo de veinte formas diferentes, de tener un léxico amplio para poner ese pensamiento en un papel… algo que en mis tiempos era muy común.
¿Se acuerdan de cuando no existía la televisión? Sigo haciendo la misma pregunta para que ustedes la hagan, porque me he dado cuenta que cuando un joven en esta sociedad moderna está en su casa y no tiene nada que hacer, corre a la televisión y la prende, ni siquiera lo duda. Incluso puede estar media hora cambiándole de canal sin encontrar un programa qué ver, y cuando lo encuentra es contenido sin calidad, que lo llenará de vacío y olvidará en unas horas.
En eso se entretiene nuestra sociedad, en buscar cómo no llenar su vida.
¿No se han preguntado qué hacíamos en la tardes de mis tiempos, cuando no había televisión y no teníamos nada que hacer? Pues teníamos gustos simples que ahora se han perdido. Yo recuerdo reunirme con mis amigos, incluso ministros de gobierno, y jugar con las cartas o ajedrez. A veces nos reuníamos en el castillo de Chapultepec o en mi casa de calle de Cadena para ver la lluvia caer mientras nos tomábamos una copa de licor. Muchas veces vinieron mis cuñadas y mis hijos, y nos sentábamos en la sala a platicar sobre el cómico de moda, el escándalo político en turno o sobre las noticias familiares.
No se me olvida que, en los últimos años de mi gobierno, poníamos el gramófono cuando se reunía la familia, en una tarde cualquiera, mientras los sirvientes del castillos nos traían algo de comer, y Carmelita comentaba algo, generalmente chismes, sobre la esposa de algún gobernador.
Otras veces me preparaban chocolate caliente de Oaxaca, mientras me sentaba con mi suegro a leer telegramas y cartas de todo el país. Algunas de gobernadores, otra de gente pobre pidiéndome un caballo, un terreno o un poco de dinero las fiestas de quince años de sus hijas.
¿Qué hacíamos, Carmelita y yo, las tardes que nadie venía a visitarnos y no teníamos nada que hacer? Definitivamente no veíamos televisión, y aunque existiera, creo que tampoco la veríamos. A nosotros nos gustaba leer, a Carmelita novelas francesas y a mí todos los periódicos del país… estén a mi favor o en mi contra…
De cualquier forma hacíamos algo que nos dejara algo dentro de la cabeza, más allá de imágenes que nos dieran morbo, o que nos dieran la ilusión de conocimiento.
Nosotros, los hombres de mi tiempo, sí buscábamos el conocimiento y formábamos un criterio más allá del que nos diera un periodista en particular.
¿Se acuerdan de cuando no existía la televisión? Eran otros tiempos, se respiraba un aire más tranquilo. No teníamos el estrés de ver tanta violencia por televisión. Éramos felices escuchando música y viendo la lluvia caer, leyendo el periódico con un café, o un cuento acompañado de un chocolate oaxaqueño.
¿Se acuerdan de cuando no existía la televisión?
Éramos más felices.
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